Diálogos sociales, Feminismos

FEMINISMO: UNA VÍA DE EMANCIPACIÓN Y PROGRESO
Toda revolución tiene la expectativa de la desaparición forzosa, todo pensamiento liberador debería perseguir, al fin, su propia extinción, consecuencia de haber conseguido el éxito en su gesta. Por eso, el feminismo, como cualquier revolución, es un movimiento tan complejo, poliédrico y, en cierto modo, subversivo.


La ontología nos ofrece preguntas, pero no acierta tanto con las respuestas; quizá por eso las revoluciones se mueven mejor en el ámbito de la gnoseología, del conocimiento, y no tanto de la ontología. El feminismo, por esto, no es una vía salvítica, sino una vía de conocimiento y transformación, de emancipación y progreso; su objetivo debería ser arrojar más luz sobre las respuestas, cambiarlas, e incluso retorcerlas, hasta conseguir satisfacer su marcada vocación liberadora.
La violencia contra la mujer es una auténtica pandemia que estamos viendo cuestionada últimamente por partidos populistas, relativizando el dolor y las muertes. Estamos asistiendo a un intento de banalización de las violencias contra las mujeres. Desde la mutilación genital femenina, que realmente no nos importa nada en Occidente hasta las discapacidades que genera la lacra de la violencia machista, pasando por la interseccionalidad de las mujeres racializadas, negras, gitanas, de las mujeres de India, que nada tienen que ver con la mujer media occidental. Y es que existe un intento real de asimilar, de diluir el sujeto político mujer. Diluyendo así a cada una de las mujeres que lo conforman.
El sujeto del feminismo es la humanidad en su conjunto. Persigue la igualdad de derechos y oportunidades para más de la mitad de la población, en este caso las mujeres, históricamente señaladas y apartadas de la vida pública; pero el sujeto del feminismo son todos los seres humanos, porque, a fin de cuentas, una humanidad en la que más de la mitad de la población está subyugada en mayor o en menor medida no es una humanidad libre. El feminismo persigue, como tantas otras revoluciones, la emancipación de la humanidad de cualquier yugo o cadena. Como el antirracismo o las luchas contra la LGTBIfobia.
No existe una sola forma de ser feminista, igual que no existe una sola forma de ser progresista, socialista, liberal, conservador, cristiano o ateo. En un intento de cartografiar el feminismo diré que existen, groso modo, dos grandes familias:

Feminismo de la igualdad. En el que podemos incluir el feminismo liberal, el feminismo prosex y el feminismo disidente, con Camile Paglia, Hoff Sommers o Wendy Caminer.

Feminismo de género. En el que podemos incluir el feminismo radical o radfem con Kate Millet o Shulamith Firestone como máximos exponentes, el feminismo cultural, el feminismo transexcluyente o feminismo TERF, el feminismo de la diferencia, el ecofeminismo o el feminismo poscolonial o multicultural.


Es importante, por tanto, resaltar que el feminismo no es un hecho monolítico, por eso quizá sea más propio hablar de feminismos que de feminismo: aunque todos comparten esta visión emancipadora y liberadora de la mujer, y por tanto, de toda la humanidad, poco tiene que ver la lucha de una feminista prosex con la de una feminista transexcluyente. Ni en el fondo, ni en la forma.
Actualmente hay dos grandes temas de debate, a mi juicio, y que se verán acentuados después de esta pandemia: el debate de los cuerpos y la problemática en la definición misma de los sexos.
Quizá sería conveniente comenzar por el segundo. ¿Qué es ser mujer? ¿Qué es ser hombre? Parece obvio que la posición binarista macho-hembra es reduccionista hasta para las posiciones más biologicistas: la ciencia, a día de hoy, sabe que ser hombre o ser mujer va más allá de los cromosomas o de la genitalidad. El Síndrome de Morris, por ejemplo, nos presenta a individuos genotípicamente XY (es decir, machos), pero fenotípicamente son lo que convendríamos en llamar mujeres (vagina incluida); es decir estamos viendo a una “mujer” que es cromosómicamente un “hombre”. Por lo tanto parece evidente que la dotación cromosómica XX no es suficiente para ser una mujer y que la dotación cromosómica XY no es suficiente para ser un hombre.
Podemos situar en el centro mismo de la definición de qué es ser hombre o ser mujer un desafío para la concepción binarista del género: las personas trans. Para el feminismo TERF o transexcluyente las mujeres trans siguen siendo hombres, al igual que para cierto feminismo cultural de corte más marxista. Aducen que al haber nacido “hombres” gozan ya per se de todos los privilegios que la sociedad concede a los hombres. Pero volviendo al planteamiento anterior, si parece que no es suficiente con ser XX para ser mujer, parece también evidente que tener vagina no te hace mujer ni tener pene te hace ser hombre: uno no va por la calle levantando faldas o bajando pantalones para afirmar que una persona es mujer u hombre, nadie necesita ver el pene o la vagina de nadie para categorizarlo en uno u otro género, por lo que la incerteza de la genitalidad no te lleva necesariamente a la no categorización por sexo.
La Sociedad Europea de Endocrinología (SEE) afirma que el cerebro de una mujer trans funciona igual que el de una mujer no trans, y allá por el 1995 el Dr. Zhou descubrió que la subdivisión central del núcleo del lecho de la estría terminal del prosencéfalo es mayor en varones, y que el menor tamaño de esta región era compartido tanto por mujeres trans como por mujeres no trans o cisgénero. Así pues, en esta redefinición de los sexos, si la genitalidad no es definitoria para categorizar a las personas, si la dotación cromosómica tampoco es suficiente y que, además de la aportación inestimable de la cultura y el entorno, donde parece que radican las diferencias de género es en el cerebro y no en los genitales o en el aspecto físico, ¿seremos capaces de concluir y de redefinir el sujeto mujer y el sujeto hombre? ¿Seremos capaces de ver más allá de la concepción binarista hombre-mujer? ¿Podrá el feminismo ampliar el sujeto mujer y el sujeto hombre donde parece que cada vez cabe menos gente?

La otra gran cuestión, a mi juicio, es el debate de los cuerpos. Trabajo sexual o prostitución, capacidad de gestar o fecundar y pornografía como elementos nucleares del debate. En prostitución aparentemente tenemos dos bloques irreconciliables: abolición o regulación. Las primeras alegan que todo intercambio sexual en el que medie dinero es explotación de los cuerpos, las segundas que cada mujer o cada hombre, en el ejercicio de su libertad, puede decidir sobre su propia autonomía personal y sexual. Mi posición se podría clasificar como una posición intermedia y por tanto despenalizadora del trabajo sexual: Amnistía Internacional en su informe sobre trabajo sexual de 2016 ya dejó claro que el modelo nórdico o “abolicionista” desprotege aún más a las mujeres que ejercen la prostitución. En España, donde es alegal, podemos ver que siempre que hay un intento por parte de las ordenanzas municipales de penalizar el trabajo sexual, las que pagan más multas son las prostitutas, no los clientes. Las que terminan pagando incluso con cárcel son ellas, no los clientes. ONU SIDA también sigue la misma línea de no penalizar el trabajo sexual.

Quizá deberíamos revisar si lo que ensucia este intercambio es el sexo per se, si al final y a pesar de todo le hemos comprado a la Iglesia Católica la dicotomía obsesivamente planteada de que para la mujer solo hay dos caminos posibles y antagónicos: o puta o santa. Y que, por tanto, la mujer que elija el primero se convierte así en la antítesis de todo lo bueno.

Ahondando en el debate de los cuerpos, parece claro que no todas las personas que gestan son mujeres y no todas las personas que fecundan son hombres. Como ejemplo, el caso de Ryan Said y Jasmine Merino, primera pareja en poder usar el semen de ella para fertilizar los óvulos de él. Estas ideas o estos hechos que parecen revolucionarios ya están aquí, en España también hay hombres que gestan y mujeres que fecundan. Naciones Unidas también se pronunció en sus encuentros de Yogyakarta sobre la necesidad de hacer del aborto un derecho humano, precisamente para incluir en él a los hombres trans.

En cuanto a la pornografía, que está hecha, en su mayoría, por hombres y para hombres, la mujer se convierte así en un mero atrezo para mayor gloria del machismo. La mayoría de las camas se convierten en altares en los que la mujer es el animal sacrificado. Pero el problema no es el porno. Ha habido otros altares en los que la mujer romántica y abnegada era entonces el sacrificio necesario. El problema es el machismo. El problema no son las prácticas concretas, el problema es la dominación no como juego sino como imposición. Dicho lo cual, la pornografía puede ser tremendamente liberadora para las mujeres, como lo puede ser también para los hombres. ¿Por qué? Precisamente por su capacidad de poner en el centro la fantasía, la transgresión. El porno es ficción, igual que lo es Kill Bill o Hannibal Lecter, y a nadie se le ocurre (espero) censurar Hannibal por si incita a alguien al canibalismo o usarlo como modelo de conducta para sus hijos o hijas.
Son muchos los temas que complejizan la lucha feminista y que se deben debatir en espacios de seguridad y de librepensamiento. Me preocupan los intentos de la abolición del deseo, de la fantasía y de la sensualidad. Me preocupan los intentos dogmáticos que intentan atrapar al feminismo. La redefinición del sujeto mujer y del sujeto hombre, a la luz de la neurociencia y la cultura, es una obligación, aunque solo sea pragmática: el binarismo no sirve, no funciona, es una dicotomía, cuanto menos, pobre y limitante. Los debates que atraviesan al feminismo son muchos y diversos, y todos ellos deben ser abordados con rigor: un feminismo que rechace los avances de la ciencia para apostar por la seguridad de los dogmas preconfigurados está condenado a la extinción. Deberíamos evitar las tentaciones de las posiciones absolutas y de su falsa estabilidad, al igual que deberíamos abrazar con fuerza la duda y las cuestiones que nos hagan tambalear nuestros esquemas.
La lucha feminista es necesaria e imparable. Y justa. La lucha feminista o es emancipadora o no es, o disfruta de la diversidad del pensamiento o morirá en el mismo altar en el que mueren todos los dogmas: en el de la libertad.

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